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El Profesor Román Corral Sandoval, escritor y poeta, nació en la Ciudad de Chihuahua, el 29 de Agosto de 1951. Realizó su educación primaria en la Escuela Oficial “Juan Alanís” de la Colonia Dale y su educación secundaria en la Escuela Secundaria Federal Número. 1. “Profesor Guillermo Prado Prado” de 1964 a 1967. Estudió para maestro de educación primaria en la hoy Benemérita y Centenaria Escuela Normal del Estado de Chihuahua “Profr. Luis Urías Belderráin”, de 1967 a 1970, año en que inició sus labores docentes en la Baja Sierra Tarahumara, en la pequeña comunidad de la Misión de Satevó, municipio de Batopilas, en la región de las barrancas del suroeste del estado de Chihuahua hasta 1972
Antologado en “Letras al Margen”. 2006.
Publicación de la Sociedad de Escritores de Ciudad Juárez.
Antologado en “Huellas del tiempo”. Historias Vivenciales
del Magisterio. 2007. Publicación de los Servicios Educativos
del Estado de Chihuahua.
Antologado con la bella poesía: “ La Ternura de tu amor”.
En la Antología Poética española: “Impresiones
y Recuerdos”. Febrero de 2009. Centro de Estudios Poéticos.
C/Pedro Texeira 10 MBE. 28020 Madrid.
"Aunque leìa casi en tinieblas,
...Batopilas le dio luz a mi espìritu"
Román Corral Sandoval
1.- "Rumbo a Batopilas. Memorias
de un maestro rural". Ediciones de 2005 y 2008.
2.- "Camino a Namiquipa. Apuntes sobre la escuela rural".
2006.
3.- "Un Viaje al Paraiso Chihuahuense". ( Barranca de Batopilas).
2008.
4.- "Biografìas de Maestros Chihuahuenses). Tomo I.
5.- "Desde las entrañas del alma". (Antologìa
Poètica Magisterial).
6.- "Coyame: Oasis del desierto chihuahuense".
7.- "Los que se fueron de Valle de Olivos". Historia de una
familia chihuahuense.
"Aunque en 1970 leía casi en tinieblas,
...Batopilas le dio luz a mi espíritu".
En Batopilas, en contra de mi voluntad, aprendí a valorar el silencio de las noches oscuras de esta región de profundas barrancas de la Baja Sierra Tarahumara, localizadas en el suroeste del estado de Chihuahua, al norte de la Repùblica Mexicana. Las reflexiones más importantes de mi vida se dieron bajo este contexto y mi formación como ser humano se moldeó un poco en estas circunstancias tan adversas; Batopilas me puso a prueba como ser humano: quiso saber de qué madera estaba hecho, y acepté el reto, porque al principio solamente era un mar de llanto, tristezas, depresiones, congojas y de lamentaciones. En los primeros meses de mi estancia en la Misión de Satevó como maestro rural, cuando recièn habìa cumplido los diecinueve años de edad, sufría porque me sentía solo y abandonado, pero después me di cuenta que uno mismo es su mejor compañía y por lo tanto no debe padecer ese sentimiento de abandono que fácilmente nos puede llevar a la tristeza y a la depresión. Me angustiaba que anocheciera, debido a que no me acostumbraba a estar casi en tinieblas, alumbrado solamente con una o dos velas, que se apagaban constantemente por el viento que entraba libremente por las ventanas de mi habitación. Durante el día, no me preocupaba por nada, ya que contaba con la compañía de mis pequeños alumnos de primero y segundo grado del turno matutino y con los de más edad en el turno vespertino, del tercero y cuarto grados. Sin embargo, a las 06:00 p.m., cuando la jornada escolar terminaba, me quedaba solo en la escuela ya que mis alumnos se retiraban a sus hogares y me embargaba pronto la soledad. El aula escolar se tornaba en un espacio desolado.
1.- MIS "CONVERSACIONES" NOCTURNAS.
En las noches demasiado oscuras de la Misión de Satevó
no podía darme el lujo de llorar a grito abierto, ni mucho menos
conversar conmigo mismo gesticulando palabra alguna o manifestando alguna
queja o expresión de dolor. Todo lo que pasaba en mi interior,
no tenía que salir de ahí, para no interrumpir el silencio
sepulcral de las noches de tinieblas que desde tiempos inmemoriales
se han adueñado de la región; los habitantes de estas
comunidades de las barrancas lo saben y por eso prefieren entregarse
al sueño profundo que acompañar a la oscuridad de estas
noches, de boca de lobo que parecían interminables. En
Batopilas tuve contacto directo con la Naturaleza, pero sobre todo con
mi conciencia; empecé a conocerme, tuve tiempo de sobra e innumerables
y largas noches de tinieblas, de silencio sepulcral, peculiares de la
comunidad de la Misión de Satevó, para platicar conmigo
mismo como nunca lo había hecho. Estas conversaciones las realizaba
cuando me cansaba de leer por las noches y que apagaba las velas con
las que me alumbraba; era cuando mi habitación se tornaba más
oscura que la noche misma: esas oscuras noches, que siempre me acompañaron
junto con mis pensamientos, me hicieron reflexionar y madurar un poco
como ser humano. En ocasiones, bajo el silencio absoluto meditaba sentado
en la orilla de mi cama improvisada de mesa-bancos y antes de disponerme
a dormir, concluía que, en efecto, me encontraba en un lugar
de extremada belleza natural, pero al mismo tiempo lo era de una brutal
marginación social.
En esos momentos, los cien moradores de la Misión de Satevó
dormían profunda y plácidamente en sus petates tendidos
en el piso de tierra de sus humildes viviendas arrullados por el sonido
ocasional de los cencerros de las cabras que movían sus cabezas
al estar rumiando echadas sin preocupación en los corrales aledaños
a las moradas del caserío: el sueño profundo y relajado
de los moradores de esta comunidad se debía al sonido permanente
de la corriente del Río Batopilas, que actúa como sedante
natural.
2.- LAS NOCHES DE LUNA LLENA.
Durante mi estancia en la Misión de Satevó observé
y registré las puestas, salidas del sol y las fases lunares;
cuando me cansaba de leer por las noches a la luz de las velas, me asomaba
por una de las pequeñas ventanas de la Casa del Maestro para
descansar un poco de la oscuridad de boca de lobo de mi habitación
y para sentir la compañía al menos de los astros dados
mis permanentes sentimientos de soledad que ya formaban parte de mi
resignado ser, maltrecho anímicamente; Batopilas es una barranca
y me resultaba interesante el observar el cielo estrellado y de Luna
Llena que alumbra a la vegetación exuberante de la región
y a la corriente permanente del Río Batopilas, que por ser cristalina
se transforma en un gran espejo, donde se reflejan la luz lunar y se
dibujan las estrellas con sus mejores destellos, como si estuvieran
en permanente competencia.
3.- LOS CAMINANTES NOCTURNOS.
A veces, estaba tan metido en mis propios pensamientos que dejaba de
escuchar los sonidos de los cencerros de las cabras y los ladridos de
los canes de las humildes viviendas cercanas a la escuela, como la del
comisario de policía Dolores Gil Hermosillo, que estaba del otro
lado del “camino real”; la de Guillermo Gil, que se localizaba
por el lado occidental del aula escolar o las de Ángel Fierro
y de Francisco Soto Fierro, ubicadas al norte del plantel escolar. Mis
reflexiones o pensamientos profundos solamente podrían ser interrumpidos
por los ladridos de los perros que detectaran a algún caminante
nocturno, que transitara por el pedregoso “camino real”;
en medio de la oscuridad me asomaba por la ventana oriental de mi cuarto
de la Casa del Maestro distante a 5.50 metros de esta vereda para apreciar,
si el caminante en cuestión traía una tea o antorcha o
alguna lámpara de mano con la que alumbrara sus pasos; realizaba
esta acción debido a que, en las noches sin Luna Llena, tenía
necesidad de ver luces, aunque no fueran mías; cuando el caminante
pasaba frente a mi ventana, a veces una parte de su luz se metía
momentáneamente dentro de mi oscura habitación; esa porción
de luz me hacía compañía por escasos segundos y
luego se alejaba. Mientras, seguía pegado a mi pequeña
ventana mirando hacia el exterior y dejaba de mirar esta fuente de luz
hasta que se perdía entre la maleza si el caminante iba hacia
el norte, o entre los mezquitales si lo hacía en dirección
hacia al sur, donde se halla a doscientos metros de distancia el enorme
templo construido con ladrillos rojos; al mismo tiempo, los perros paulatinamente
dejaban de ladrar y el silencio absoluto se volvía a adueñar
de la noche, pero también de mis temores y de mis sentimientos
de abandono y soledad.
4.- MIS PENSAMIENTOS ANTES DE DORMIR.
Al acostarme recordaba con algo de melancolía y un poco de llanto
en silencio a mis padres y hermanos, que los había dejado en
la Ciudad de Chihuahua para venirme a laborar a la Barranca de Batopilas
como maestro rural: pensaba en mi hermanito menor de seis años
de edad, llamado Jesús Alfredo, quien nació el primero
de diciembre de 1963, al que por cariño le decíamos Chacho,
que no dejaba de llorar y me abrazaba fuertemente una de mis piernas
para no dejarme ir a abordar el autovía en la estación
del Ferrocarril Chihuahua al Pacífico, en la mañana del
jueves 17 de septiembre de 1970, que me llevaría a Estación
Creel; mi madre finalmente logró tomarlo en los brazos para consolarlo
y así logré salir de la casa para iniciar el viaje rumbo
a Batopilas. La estación del ferrocarril se localizaba a unas
cuantas cuadras de mi casa que eran dos cuartos de adobe con techo de
terrado construidos por mi abuelo materno en 1953, llamado Ramón
Sandoval Castro, (1898-1958), de la calle 28ª. número 4612-A
en la Colonia Dale de la Ciudad de Chihuahua; durante el trayecto, el
cual recorrí caminando, no recuerdo quien me ayudó con
el equipaje, me embargó la tristeza y mi rostro permaneció
húmedo y frío por las lágrimas derramadas, pues
presentía que jamás iba a estar al lado de mis seres queridos,
con la regularidad deseada: tal vez mi madre lloraría después
de mi partida, pero se abstuvo de hacerlo en mi presencia para no hacer
el momento de la despedida más triste: ese día mi destino
cambió drásticamente.
5.- SÁBADO 14 DE NOVIEMBRE DE 1970.
La Barranca de Batopilas le dio serenidad a mi alma y claridad a mis
pensamientos, los cuales espero que no se apaguen pronto, como constantemente
lo hacían mis velas. La oscuridad: mi compañera inseparable.
El viento apagaba tantas veces las velas con las que me alumbraba por
las noches en la Casa del Maestro que gastaba muchos cerillos tratando
de volver a encenderlas: me fastidiaba de tantos intentos que optaba
por quedarme en tinieblas, oyendo la radio, meditando o simplemente
me dormía. No deseaba que se me agotaran los cerillos porque
en estas circunstancias eran oro molido, me podían servir para
una emergencia debido a que por el techo, paredes y piso de mi habitación
se observaban frecuentemente algunos bichos; en contra de mi voluntad
prácticamente hice de la oscuridad mi compañera inseparable
la que, por cierto, me acompañará por toda la eternidad,
pero de momento en 1970 no deseaba su presencia porque hacía
más difícil mi estancia en los primeros días de
labor docente en la Misión de Satevó.
6.- MI PRIMERA LÁMPARA DE PETRÓLEO O QUINQUÉ.
Estaba cansado de alumbrarme con velas pero casi dejaba de hacerlo el
sábado 14 de noviembre de 1970, cuando tuve una lámpara
de petróleo o quinqué, esos de bombilla o tubo de cristal
con depósito de vidrio para el combustible y mecha que se localizan
en todas las comunidades rurales del estado de Chihuahua carentes del
servicio de energía eléctrica en pleno SIGLO XX; brincaba
de gusto porque al fin dejaría de alumbrarme con velas y cerillos:
no tenía ni veinte centavos en las bolsas de mi pantalón;
recibí de mi madre una pequeña caja que recogí
en la oficina del Correo en Batopilas: contenía un quinqué
pero la bombilla llegó quebrada por las difíciles condiciones
en que era transportada la correspondencia a lomo de mula por el “camino
real” desde el Mineral de La Bufa al poblado de Batopilas: frutas,
panes y quesos que de vez en cuando me enviaba mi madre llegaban descompuestos.
Me deprimí porque se me frustró el tener iluminación;
se me rodaron las lágrimas; dormí esa noche casi completa
ya que la tristeza, el cansancio de la caminata del ir y venir a Batopilas
el mismo día lograron menguar mi voluntad, estado de ánimo
y pocas energías. En contra de mi voluntad, me tendría
que seguir acostumbrando a las noches casi en tinieblas: extrañaba
las luces de mi ciudad. A pesar de mis estados de ánimo tan cambiantes,
tenía deseos de hacer algo más por mis alumnos y en general
por los humildes moradores de la Misión de Satevó de quienes
aprendí su
filosofía, o sea la forma de ver la vida y de ser felices a pesar
de las carencias o las circunstancias de existencia. Los seres humanos
no debemos fincar nuestra paz interior en la posesión de bienes
materiales sino en el conocimiento de sí mismos. Pero en la vida
no todo es tristeza, en ese paquete mi madre enviaba una carta de mi
hermanito Jesús Alfredo, el cual cumpliría el primero
de diciembre de 1970 siete años de edad y un cuaderno que había
escrito en el primer grado que cursaba ese ciclo escolar 1970-1971 en
la escuela primaria “Juan Alanís” de la Colonia Dale
de la Ciudad de Chihuahua, donde en 1964 terminé mi educación
primaria: eran las primeras letras y cuadernos de mi pequeño
hermano; en los pocos renglones de su carta me decía que me quería
ver y saber dónde me encontraba.
7.- ¡ESPERABA CON ANSIAS LA LUNA LLENA!
Como dije, no quería desperdiciar algún cerillo para tener
momentáneamente algo de luz ya que no contaba con dinero para
comprarlos; estaba recién contratado como maestro de primaria
por la Secretaría de Educación Pública y los trámites
para el pago de los primeros salarios tardaban meses porque se realizaban
en la Ciudad de México. Había noches que no dormía
pero seguía acostado en mi cama para seguir con la vista la ruta
luminosa de la Luna Llena que me regalaba sus rayos los cuales penetraban
por algunos agujeros de mi techo, me servían de compañía,
daban vida a mi maltrecho estado de ánimo y a mi oscura habitación;
por momentos imaginaba que esa radiante e intensa luz de la Luna Llena
era parecida a la que ilumina el lugar a donde van a descansar por toda
la eternidad las almas de las personas buenas que han iniciado el viaje
sin retorno, como mi hermanito Alfredo, quien falleció a los
cuatro años de edad el 24 de abril de 1952 cuando yo tenía
ocho meses de nacido y mi abuelo materno Ramón Sandoval Castro,
nacido en Valle de Olivos en 1898 quien falleció el primero de
junio de 1958, siendo sepultados en el Panteón Municipal No.
1, de la Colonia Dale de la Ciudad de Chihuahua. Por otra parte, lo
que deseaba era que no lloviera debido a que mi cuarto se goteaba demasiado
mojando mis escasas pertenencias, como mi ropa, libros y cobijas; durante
varios días mi habitación olía demasiado a humedad
y empezaban a invadirme varias especies de insectos, como cucarachas,
además de alacranes, enormes tarántulas negras e insectos
voladores. Por tal motivo, optaba por dormir vestido, hasta con los
tenis puestos, con mi chamarra de capuchón y tapado con la cobija
hasta la cabeza, aunque fuera tiempo de calor, debido a que tenía
temor de no amanecer vivo por haber sido picado por alguna alimaña
ponzoñosa. Por cierto establezco que en la Misión de Satevó
nunca me picó o mordió ningún animal: estas especies
de bichos también invadían al aula escolar pero mis alumnos
ya sabían este problema por lo que, antes de empezar las clases
mataban cualquier insecto dañino escondido debajo de los mesa-bancos
o presentes
en el piso o paredes...