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¿Ficción?. ¿Leyenda?. ¿Realidad?. Lo ignoro, sólo sé que me impresionó y emocionó y que procuraré relatarlo tal como me fue contado.
A la caída d la tarde de un día frío, gris y triste de primero de Noviembre aparcaba una desvencijada furgoneta en un soto próximo al pié de una ladera.
De la misma se aperaron dos hombres y sin llegar a cerrar las portezuelas se estiraron e hicieron unas cuantas genuflexiones para activar los músculos anquilosados por el largo tiempo pasado dentro de la cabina. Una vez que los desentumecieron cogieron de los asientos unas fuertes y gruesas pellizas que se colocaron encima del mono azul que les cubría, se las abotonaron totalmente y sacaron cada uno un gorro forrado de piel de los conocidos como de piloto que se encasquetaron cubriendo sus orejas y levantándose totalmente el cuello de las pellizas, reservándose de esta manera del cierzo y del relente que empezaba a caer.
Dirigiéronse a la parte posterior del vehículo abrieron las portezuelas sacando del interior dos palas, dos picos, dos fuertes barrones, tres bolsas, una lámpara de gas y tres potentes linternas eléctricas, cerraron con llave todas las puertas de la furgoneta. Dirigieron la mirada hacia la cima del monte.
Contemplaron con indiferencia cómo resaltaba en el
grisáceo cielo la silueta de unas murallas y sobresaliendo de ellas
la torre de una iglesia y parte de otra que debió ser la del homenaje
de un antiguo castillo o alcázar.
Se distribuyeron proporcionalmente las bolsas y todo lo que habían
sacado de la furgoneta, iniciando la marcha hasta el cercano camino que conducía
a la cima bordeada por las murallas que custodiaban un pueblo abandonado por
sus habitantes desde hacía años.
El camino era empinado y duro, lleno de profundas huellas
dejadas por el paso de carretas y carros que durante siglos lo transitaron,
quedando como recuerdo de la actividad que habían desarrollado sus
habitantes.
Costoso les resultaba caminar con la poca luz que quedaba del día,
los pies se resbalaban por el relente que se iba posando en el suelo y les
llevaba dentro de los profundos surcos. Más de media hora era el tiempo
que llevaban andando por aquel surcado camino y, pese a ir cargados con el
abundante bagaje, andar a buen paso a pesar de las dificultades que tenía
marchar en aquellas condiciones y estar bien protegidos del frío, sintieron
un fuerte escalofrío que les recorría la espalda. Absurda sensación
para hombres tan avezados a las adversidades de toda índole como eran
ellos por lo que continuaron la marcha ascendente. Resultaría ridículo
que un escalofrío, aun sintiéndolo al mismo tiempo los dos,
hiciérales retroceder de su proyecto.
Al cabo de otra buena media hora llegaron a la entrada del
recinto amurallado que aún defendía aquel desierto pueblo. Dejaron
en el suelo los bártulos que portaban, descansaron, miraron detenidamente
en todas las direcciones para orientarse. Observaron la desoladora estampa
de los hundidos tejados y semidestruidas viviendas. Escogieron aquella casa
que pensaron mejor protección les podía proporcionar y ser un
buen refugio. Volvieron a cargar con todo dirigiéndose hacia el lugar
escogido.
Legados a la casa no necesitaron forzar la puerta, otros anteriormente se
habían encargado de arrancarla de sus goznes, dejándola tirada
dentro del zaguán.
Antes de entrar levantaron los ojos al cielo y vieron como estaba terminando de cubrirse con negros nubarrones que hacían presagiar una próxima tormenta, el viento frío arreciaba.
Mala noche vamos a tener posiblemente, no creo tarde mucho
en que la tormenta empiece a tronarnos y el cierzo en estas alturas nos va hacer
trabajar más aprisa para poderlo combatir, así que vamos dentro
y preparémonos bien para ir al tejo.
Alumbrándose con las linternas recorrieron la casa detenidamente. Habían
escogido bien, era espaciosa y aún se encontraba en unas aceptables condiciones,
dos de las habitaciones tenían una viejas camas de hierro don antiguos
colchones de muelles que les facilitarían después del trabajo
un descanso más cómodo y relajado.
La cocina, típicamente castellana, era amplia, amueblada con una mesa redonda de madera de pino y esparcidas y tiradas por el suelo aún mantenía unas sillas de asiento de anea que podían utilizarse.
Comprobaron las condiciones de tiro de la chimenea, era perfecto. Fueron al corral y cogieron una buena provisión de madera y troncos existentes en un cobertizo.
Mientras uno encendía la lampara de gas y la colgaba de un clavo de los muchos existentes en las vigas, que en los tiempos de esplendor de la vivienda, cuando sus habitantes la ocupaban, eran utilizados para colgar los embutidos de la matanza, permitiendo de esta manera se oreasen con el calor y el humo que indiscutiblemente tenía que suceder en alguna ocasión al ser revocado por el viento, impregnando este con el aroma de la madera quemada las vigas y los embutidos, mejorando el sabor y la calidad de los mismos, el otro procedía a amontonar leña en el lar y encender el fuego. La estancia quedó iluminada por la blanca luz de gas y el amarillento rojizo de las primeras llamas que empezaron a elevarse, agregó unos cuantos troncos y el calor empezó a esparcirse por toda la habitación, lo que les permitió desprenderse, para estar más cómodos y sueltos, de las pellizas y de los gorros de piel.
Con un trapo sacudieron el polvo amontonado sobre la mesa, abrieron una de las bolsas, extrajeron una tela parecida a un mantel, que tal uso le dieron y la extendieron encima. A continuación fueron sacando unas latas de conservas, unos paquetes de embutidos, dos platos y dos basos de plástico y una alta y ancha cafetera que llenaron de agua y pusieron a hervir cerca del fuego. Arrimaron dos sillas a la mesa, se sentaron, sacaron de los bolsillos de los monos dos anchas y afiladas navajas, de otra de las bolsas una larga barra de pan y dos botellas de vino tinto disponiéndose a dar buena cuenta de todo. Mediada la cena, uno abrió la cafetera y al comprobar el hervor del agua echó dentro un par de puñados de café molido, cerrándola y retirándola a continuación del fuego.
Cuando dieron fin a los alimentos que habían sacado, arrojaron al suelo los restos de vino que quedaban en los vasos, encendieron cada uno un cigarrillo que fumaron voluptuosamente y sirvieronse el café que fueron paladeando pausadamente.
Durante la, digamos cena no habían cruzado entre ellos ni una sola palabra, debían de estar perfectamente compenetrados en lo que a cada uno le tocaba y correspondía hacer, por lo tanto era innecesario comentar nada sobre los detalles, seguramente dentro de las cabezas de los depredadores no existían ideas ni tema de conversación de interés por lo que el mutismo era lo más lógico.
Tal como habían previsto al entrar en la casa, habíase iniciado una gran tormenta, la lluvia caía con fuerza acompañada por un gran aparato eléctrico y truenos, el viento convirtiose en un vendaval huracanado que al pasar por las rendijas y rotas ventanas parecía silbar, aullar y en ocasiones rugir de forma amenazadora.
- Mala noche tenemos pero reconozcamos que para nosotros es la mejor, de esta forma no habrá nadie capaz de molestarnos en nuestro trabajo - comentó uno de ellos.
Se colocaron las pellizas y los gorros y cubriendo a estas prensas se pusieron unos chubasqueros de plástico que sacaron de unas bolsas. Cogieron los picos, las palas, los barrones, dos linternas y apagaron la de gas que también llevaron con ellos, se colocaron las capuchas de los chubasqueros y salieron y salieron dirigiéndose al edificio de la iglesia.
La tormenta aumentaba por momentos, afortunadamente el recorrido era muy corto. Mientras avanzaban bajo la lluvia, la iglesia quedaba iluminada por el resplandor casi constante de los relámpagos que rasgaban las negras nubes. Cruzaron el atrio y, al igual que la casa donde habían montado su cuartel, este edificio carecía de puertas, pero no porque hubiesen sido arrancadas, no, estas aún se encontraban sujetas a sus goznes y la cerradura intentaba impedir el paso sin poder evitarlo por haber sido rotas a golpes de piedra, hacha o barrones, destrozando casi todos los cuarterones de su fuerte madera.
Pasaron al interior. Con los haces de luz que proyectaban las linternas fueron recorriendo con la mirada toda la nave para hacerse una idea de su estado. Encendieron la lámpara de gas y la colgaron de un brazo metálico situado a media altura al lado de la entrada del baptisterio que, en su día, debió colgar en él una de aquellas lámparas de latón o bronce que con lamparilla de aceite mantenía muy tenuemente iluminada la nave como homenaje al Santísimo, al contrario que ésta que iluminaba con bastante nitidez el conjunto de nave y crucero.
En el edificio resaltaban tres épocas. La torre debió su construcción al siglo XII, se apreciaba que fue iglesia de una sola nave, su estilo gótico dejaba bien a las claras que esa parte correspondía al S. XVI y las capillas laterales que formaba el crucero unido al ábside correspondiente al altar mayor era de reciente obra por su estilo neoclásico, de principios del S. XIX. Las bóvedas y tejados de capilla y ábside haría unos treinta años se derrumbaron sirviendo los escombros de fértil abono para que entre ellos crecieran altas zarzas, matorrales y hasta dos árboles.
Contemplando el suelo se les debió (como se dice) hacer la boca agua, encontrábase solado por ladrillo rojo cocido, aquellos bellos ladrillos típicos castellanos, bordeados a lo largo y a lo ancho por gruesas y fuertes reglas de madera que servían para la separación de los espacios de las tumbas que cubrían toda la nave y en la cabecera, finalizando la nave, antes de llegar al principio del crucero, una losa de piedra indicaba la importancia y categoría del ser que allí yacía, estaba blasonada con escudo heráldico, debajo del mismo aparecía, semiborrado, el nombre del cuerpo enterrado más la fecha del enterramiento en números romanos, que era lo único que aún se distinguía con claridad 1.546.
Se sacudieron el agua acumulada en los chubasqueros de la misma manera que los perros al salir del baño, despojándose de ellos y de las pellizas, empuñaron cada uno un pico.
-Mira- dijo el que parecía de mayor edad- empezaremos rompiendo los ladrillos de los laterales a la losa para poder meter los barrones y levantarla, no sé por qué me da la sensación que hoy va a ser nuestro día.
En esos momentos podrían haber prescindido de la luz de la lámpara, los relámpagos se sucedían con tal rapidez que su luz blanca y fantasmal al entrar por las bóvedas hundidas y los huecos de las ventanas la hacía casi innecesaria.
Situáronse cada uno en un lateral de la losa de piedra, golpearon con fuerza con los picos rompiendo cada uno el primer ladrillo que se habían señalado, sonando, al partirse éstos, un golpe fuerte y seco que retumbó como un trueno más de la tormenta en la nave del templo, pareció oírse un lejano y lúgubre quejido, como un aviso dado por el cielo, la tormenta, el aire y el trueno de que abandonaran su despreciable acción. Ellos no supieron, no entendieron o no quisieron escuchar la advertencia dado por aquel lúbrico quejido continuando con renovado entusiasmo machacando con fuerza los ladrillos que le facilitarían la labor de levantar la lápida de piedra.
Al cabo de un rato habían logrado terminar con todos los que les podían molestar. Abandonaron los picos y provistos de las palas dedicáronse a retirar los cascotes. Introdujeron por los laterales superiores los barrones y empezaron a apalancar para ahuecar lo máximo posible la lápida, una vez que ésta empezó a soltarse del emplazamiento que durante siglos había sido su sitio, los retiraron y los volvieron a meter por la parte de la cabecera. Ya la levantaban.
- Espera, aguanta un poco- volvió a decir el que parecía llevar la voz cantante.
Cogió los picos y los introdujo debajo de la losa de forma que ésta quedaba levantada lo suficiente para poder meter las manos. Sacaron los barrones, se colocó cada uno en un extremo y empezaron a levantarla.
En ese momento un largo relámpago acompañado de un enorme trueno hizo retumbar desde los cimientos el edificio y ¡Oh Cielos! La losa se escapó arrancada por una fuera descomunal y fue lanzada contra el muro del trascoro, como si fuese una suave pluma, donde se destrozó en infinidad de pedazos. Al mismo tiempo se empezaron a partir y saltar todos los ladrillos que ocultaban las sepulturas eran lanzados como si se tratase de trozos de metralla después de una explosión de granada rompedora. El suelo se agitó con la fuerza telúrica de un terremoto, el vendaval, al entrar por la hundida bóveda, huecos de ventanas y troneras, bramaba y rugía como lo haría una enorme y enfurecida manada de animales salvajes.
Asustados y empavorecidos retrocedieron hacia la salida, cogieron las pellizas y se cubrieron cara y brazos para evitar ser heridos por los trozos de ladrillos que les golpeaban y rompían las ropas.
Se hizo por un instante el silencio. Ya no caían los trozos de los ladrillos, bajaron las pellizas que les cubrían la cara, quedando petrificados de terror por lo que vieron a continuación.
En donde momentos antes se encontraba la lápida de piedra, emergía, como un volcán, arrojando la tierra fuera de su cuerpo un, alto, altivo y momificado caballero que llevaba cubierta su cabeza por repujado yelmo y su cuerpo por bella y brillante armadura y colgando en su parte izquierda, sujeta por ancho cinturón de cuero, una pesada espada con hermosa empuñadura. Se volvió girando hacia su derecha el cuerpo, dirigiendo sus huecos de inexistentes ojos hacia ellos, cuencas que aun vacías acusaron la existencia de pupilas que les fijaban airada mirada, lanzándoles una fuerte y azulada luz que parecióles atravesaba sus cuerpos. A continuación movió la cabeza a derecha e izquierda y, como si fuese la respuesta a una orden, de todas las demás sepulturas se levantaron los esqueletos y seres momificados que en ellos estaban.
Agrupáronse todos juntos al caballero armado y empezaron a avanzar, con firme, pausado y lento paso hacia los dos aterrados depredadores.
El más joven lanzó un penetrante alarido de terror. Esto les hizo reaccionar de manera inmediata. Se dieron media vuelta y salieron, emprendiendo veloz huida. La fuerte lluvia empapaba sus cuerpos, el huracanado viento los arrojaba de vez en vez contra las piedras, las ramas de los secos árboles parecían querer atraparlos arrancándoles jirones de las ropas e hiriéndoles. Los truenos al estallar, daban la sensación de querer quebrar la resistencia de la colosal roca donde estaba enclavado el pueblo, la luz de los relámpagos cegábales en su loca carrera.
A pesar del fragor de la tormenta sus oídos percibían nítidamente los acompasados pasos del caballero y de su fantasmal séquito en su lenta y machacona persecución.
A la derecha de las murallas, a la luz de los relámpagos vieron un gran agujero en uno de los lienzos interiores de lo que fueron las segundas defensas. Se precipitaron dentro. Era un lugar pantanoso, el agua y el barro les cubría hasta los tobillos, ni siquiera se dieron cuenta, llegaron, mejor dicho, chocaron, a los pocos metros, contra la pared o roca del fondo, apoyaron las espaldas en ella y se quedaron inmóviles mirando la entrada, temiendo ver aparecer a sus perseguidores. Al momento caían sentados en el suelo. En esta postura quedaron durante un tiempo que a ellos les debió parecer eterno, el pánico y el terror que invadía sus corazones no les permitía calcular.
Estaban hechos unos verdaderos despojos, tenían los ojos desorbitados, las bocas resecas, los labios contraídos en rara mueca, las ropas en jirones, destrozadas y convertidas en miserables harapos, la sangre les manaba por multitud de heridas y cortes ocasionados por las ramas y las caídas contra las piedras, todo el cuerpo empapado por la lluvia y por el copioso sudor que destilaban por todos los poros del cuerpo.
De golpe se hizo el silencio, parecía que había terminado todo, era tal la quietud que sólo percibían el desacompasado ruido de sus corazones, parecía que hasta las gotas de agua que caían del techo al enlodado suelo al llegar a él una extraña fuerza las depositase suavemente impidiendo que produjeran el menor ruido.
La tensión estaba haciéndoseles insoportable, esperaron largo rato, pero llegó un momento que era preferible lo anterior a la sepulcral carencia de ruidos. Levantáronse decididos a marchar y seguir huyendo. Iniciaron una andadura con indecisos pasos hacía la salida, se encontraban muy cerca de ella cuando todo volvió a cambiar, el fragor de la tormenta empezó con mayor fuerza y, cuando estaban a tan solo un par de paso de la salida, la obscuridad quedó rasgada por la penetrante luz de un largo relámpago.
Allí, en la misma entrada, estaba el caballero, manteniendo en la mano diestra su pesada espada, acompañado por su tétrico séquito que les tapaban la salida. No pudieron ni siquiera lanzar un leve gemido, el terror les paralizó las cuerdas bucales. Empezaron a retroceder lentamente, como autómatas, el caballero avanzaba hacia ellos, quedaron quietos, no les respondían las piernas. El mayor sintió el frío del acero de la pesada espada del caballero cuando esta caía sobre su clavícula con tal fuerza que llegó hasta a partir en dos su corazón. El más joven, cuando la espada era descargada sobre él no pudo acusar el golpe, el enorme pánico había paralizado su víscera cardíaca y para cuando su cuerpo fue partido en dos ya había dejado de existir.
Dos días después entraba en el cuartel de la Guardia Civil a comunicar que en el pueblo amurallado, dentro de un antiguo aljibe, así lo denominaban ellos, se encontraban los cuerpos de dos hombres muertos y destrozados, comunicando también la existencia de una furgoneta aparecida en la ladera.
Avisado el Juez, éste, en compañía de un sargento y dos agentes más en vehículo todo terreno el médico forense fueron a comprobar los hechos. Era cierto, allí se hallaban dos hombres, completamente desfigurados los rostros, con los ojos abiertos y desorbitados por el terror, con las ropas rasgadas y destrozadas y los cuerpos llenos de heridas pegadas por la sangre negra y seca que había manado por ellas cortados hasta la cintura por un tajo cortante que no se podían explicar.
Localizaron la casa en que se había alojado, hallando en ella las bolsas y los restos de la cena.
En la nave de la iglesia encontraron la lámpara de gas colgada, apagada por habérsele agotado el fluido, los chubasqueros, barrones, picos y palas junto a la lápida blasonada y dos ladrillos laterales a la misma partidos por golpes de pico.
El Juez ordenó el levantamiento de los cadáveres y su traslado al depósito para la práctica de la autopsia.
Una vez terminada la utopsia, el médico forense empezó a meditar sobre el caso que tenía en sus manos. Era incomprensible imaginar como aquellos cuerpos pudieron ser cortados en dos, imposible explicar el terror en aquellas pupilas: No había explicación ni posible hipótesis para aclarar los cortes, las magulladuras y los moretones.
Habló con el Juez para hacerle entender que no había forma de encontrar una justificación que pudiera aclarar aquellas muertes por lo que de acuerdo con el Magistrado dictaminó:
"Muerte por trombo coronaria".