Jacqueline Lagos, OSORNO-CHILE.
Poéta y escritora chilena

De: Una Bruja Emplumada en el Tzolkin (novela)

Ya no soy la misma, ¡mi Señor!
esa que llegó a tu prana,

La de pantorrillas anchas, la de falda vasta
Esa que lanzaba carcajadas altas...

Ya no soy la geisha de tu cama,
ni la pintora, ni esa que te canta
ya no soy la que cría, ni amamanta,
La tranquila la sencilla, ni la huasa.

Ya no soy la modista de tu cara
O la que arreglaba tu corbata en las mañanas largas.

Ya no soy la que cura tus heridas,
esa que perdona tus faltas,
la que arrulla tus dolores,
La que siembra en lo exiguo del alma.

Ya no es la siquiatra, ni la nana,
Ni la guardiana de tu casa,
Ni la aguatera de tu cancha
O esa que hace maravillas con tu plata.

Ya no soy la de los masajes en la espalda,

La que presta oídos a tu platica,
La que te hace los zurcidos...
La que té descalza...

Ya no es aquella que lava,
Que plancha, o la infinita,
La inhabitada, la carcomida

La huacha...

Ya no soy la misma, esa del plumero,
O esa que madruga para que todo este perfecto.
la que pide trastos nuevos a tu arribo

Ya no soy la misma... dejaré atrás las lágrimas,
Dejaré tu niñez en mi espalda...

Cambiaste el metal por mi enagua.

Otro dominio ha llegado a reparar las alas rotas,
A ungir con fragancias claras, a esta Bruja como tú llamas...

De: Mis Primeros Años...(relato)

De: Magia de Luz y Sombra (antologìa)

Me deleito en tu danza, acogiendo tus manías, tu indiferencia,
esa que seduce mi pluma, que trata de bosquejar tu facha.

Eres guerrero empedernido... bufón de mi corazón.

Te pintas las manos y paseas tu destreza en la multitud.

A ratos te pierdo entre la niebla, una mirada cómplice
dice que estás conmigo, aunque no quieras.

A tu pesar... veo el antídoto a mis males

Eres la ilusión de un día que muere
Te registro en mis sentidos y en la piel de mis deseos,
pintas de sonrisas tu cara en una tarde de otoño,
vuelas en el paraíso que es mío.

¡Mi curador de amor divino!

Fortaleces mi ángel y sanas las heridas
Tejes esperanzas en calabazas de gozo...

Eres el querubín de mi cielo interno
el que comparte mis ritmos
el que emana ese perfume boreal,
mi protector, mi viajero...

Expresas la sinfonía de amor universal.

Cuando acercas tus mieles,
soy colmenar nuevo y te amo demasiado...

Tus soles internos y tus plegarias escondidas
son palabras dibujadas en el camino.

Transformas sueños bajo la cruz azul
donde fui paloma, tú el olivo.

Frotas bálsamo interno
de un niño con historia ya escrita...

¡Mi curador de amor divino!

De: Mis Primeros Años...(relato)

Mis Primeros Años...
Describir la casa de campo en la que me crié, es hoy día un sueño que tengo nítido en mi mente. Una casa grande vieja, llena de cautivadores recovecos, la recuerdo siempre ataviada de una simpleza única, que jugaba a la perfecta armonía con quienes la ocupaban, mi abuela decía que había sobrevivido al terremoto del año 1960, creo que por eso mirar las paredes incluso hoy, la delatan inmediatamente. Cada habitación hacía que mis ojos de niña la vieran una enormidad, una morada que cuando veo, la sigo sintiendo tan frágil y grávida como aquellos años. Ahora que todavía la recorro, la observo y la repaso, no puedo dejar de mencionar, por ejemplo, los terrores nocturnos que me invadían cuando escuchaba a las ratas husmear por sus rincones.
En ese entonces, sentirlas que cada noche hacían un habitual peregrinar a la bodega en que se almacenaban los granos, esos que cosechábamos en verano. Y el sólo echo de advertir que los bichos andaban cerca, me causaban una sensación de fragilidad y empezaba el miedo a imaginarme que si no encontraban comida, vendrían por mí.

¡Pobres ratas!, Siento que pagaron injustamente la incansable persecución de los gatos y de mi abuela, al ser culpadas de la merma que había en la caja en que ella guardaba las galletas.

Era francamente irresistible no caer en la tentación de probarlas, sobretodo que el olor a canela y otras especias llegaban justo al cuarto donde yo dormía. Tengo que reconocer que no se siente nada de bien escuchar a mi abuela cuando decía: “Tengo fundadas sospechas de que pronto caerán esas ratas, sin embargo, tengo curiosidad por saber cómo se las ingenian para dejar todo tal como está”. Yo sólo tomaba unas cuantas obleas, para llevármelas a la cama y comerlas debajo de las sábanas casi como delinquiendo, en total comunión con el silencio, leyendo un libro prohibido que me habían prestado. Digo indebido, ya que no había nada más vedado en la casa, que distraerse alucinando fantasías amorosas con príncipes y doncellas encantadas, “aún eran demasiado niñas”, decía mi abuela, para saber los vericuetos y todos esos enredos de un palacio.

Como quisiera poder traspasar en estás páginas, cada una de las emociones que hizo de mi vida en el campo, una verdadera historia, llena de mágicos momentos... de situaciones efervescentes que adornaban la vida de esos niños que fuimos un día. ¿Será que haberlos tenido sea hoy el resultado de ver un mundo más humano, con gemidos actuales que dejan a hijos sin viveza para saborear a los viejos asequibles que pueden llegar a ser los abuelos?