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EL COLOQUIO ARENOTECH
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Aurora Martin de Santa Olalla, Direccion académica – Instituto Cervantes
Gestión del conocimiento: capital intelectual y la ventaja comparativa de España
El texto que presentaré está basado, fundamentalmente, en el artículo de Eduardo Bautista García, Presidente del Consejo de Dirección de la Sociedad General de Autores y Editores, titulado «El capital intelectual. La ventaja comparativa de España», que se publicará próximamente en el Anuario 2001 del Instituto Cervantes.
La gestión del conocimiento se define como la identificación de categorías de conocimiento necesario para apoyar la estrategia empresarial global, evaluación del estado actual del conocimiento de la empresa y transformación de la base de conocimiento actual en una nueva y poderosa base de conocimiento.
El concepto de capital intelectual se ha incorporado, en los últimos tres o cuatro años, a la jerga de consultores y de los expertos corporativos con el objeto de definir el conjunto de aportaciones no materiales que en la denominada Era de la Información se consideran, según Annie Brooking[1] como el “principal activo de las empresas”.
Además, según Eduardo Bautista[2], capital intelectual, «como concepto cotidiano e inmediato, es la forma más acertada para describir un universo de contenidos inmateriales que constituyen la oferta sin la cual el formidable entramado de redes informáticas, telemáticas, hertzianas y terrestres no existirían en el milenio digital, o serían simplemente, redes fantasmas, exponentes de una tecnología de vanguardia, pero inútil y vacua. Es decir, sin en el capital intelectual estaríamos rodeados de continentes de lujo sin contenidos.
En la Era de la Información el Capital Intelectual desplazará en importancia así como en valor financiero y estratégico, a cualquier otro activo, sea material o inmaterial. Este es un hecho que define a las organizaciones de la Era de la Información: el conocimiento y la información adquieren una realidad propia que se puede separar del movimiento físico de bienes y servicios.
Una vez que el gran dinero fluye hacia la Economía del Ocio, la Educación y el Entretenimiento y la Cultura (lo que conforman las llamadas Industrias Culturales[3]), las grandes empresas de comunicación, los canales de televisión generalistas y temáticos y los fabricantes de ordenadores y programas informáticos se lanzan a una carrera desenfrenadas de fusiones, adquisiciones y empresas conjuntas, para estar en todos los nichos de ese inmenso mercado emergente.
La finalidad es clara: disponer de una gran cantidad de contenidos de todo tipo para integrarlos en los canales de difusión y comercialización. Porque quien controle los contenidos mantendrá una posición estratégica sobre el futuro.
Ejemplos que ilustran este contexto:
1. Fusión de American On Line (AOL) y Time Warner. El primero aporta 20 millones de abonados, su Netscape y el Know how para explotar la red, mientras que el segundo aporta su experiencia en la industria editorial y del entretenimiento para dotar de contenidos a la red.
2. O un ejemplo más cercano a la realidad española el acuerdo entre Telefónica S. A. y Endemol Entertaiment Holding –la mayor productora independiente de televisión en Europa–, con el principal objetivo de tener acceso directo a a contenidos con los que dotar de utilidad y atractivo a su nuevos canales de distribución.
Las industrias culturales y las tecnologías de la información y la comunicación van hoy juntas. Si uno de los presupuestos básicos de la cultura siempre ha sido su difusión, ésta es hoy inseparable de lasoportunidades que le ofrecen las nuevas tecnologías. Por su parte, la sociedad de la información tiene en la cultura uno de sus recursos estratégicos.
Pocas industrias se encuentran mejor preparadas para afrontar el mundo de las redes que las industrias culturales. Según la propia Comisión Europea, la industria de creación de contenidos, programas y servicios es el resorte estratégico para la era digital y la sociedad de la información, y, por ello, la inversión en este campo constituye una inversión de futuro de gran efecto multiplicador.
Pero, además, una de las reglas básicas de la economía digital afirma que producir información cuesta mucho, mientras que reproducirla no cuesta prácticamente nada. Por ello, si hay un sector preparado para encarar con optimismo la irrupción de las nuevas tecnologías es el de las industrias culturales, pues su rasgo específico es precisamente el de la producción de contenidos.
Las industrias culturales determinarán en buena medida el futuro de la tecnología. Un ejemplo del pasado reciente resulta aleccionador: el triunfo del formato VHS en vídeo doméstico no se debió a su mejor calidad frente al Betamax de Sony o al Vídeo 2000 de Philips [de hecho, era bastante peor que el Betamax], sino a que disponía de una mayor y más variada oferta de películas.
El sociólogo Mario Gaviria, en su obra La séptima potencia[4], describe una aproximación a la España contemporánea y, sobre todo, a la de los últimos treinta y cinco años, desde un enfoque distinto y novedoso. Su análisis de estadísticas y de los datos objetivos publicados por las distintas autoridades y agencias mundiales le permiten asegurar y demostrar argumentalmente que España, lejos de ser el país castigado sistemáticamente por su pasado imperial e irrecuperable, es la séptima potencia mundial, y que los niveles de organización, integración social, participación ciudadana y distribución de riqueza son los mejores a lo largo de la historia.
No vamos a abundar o cuestionar esta tesis, vamos a eso sí a partir de un enfoque donde quepa el optimismo y los grandes proyectos de futuro, a partir del reconocimiento de un espacio para el desarrollo de un programa ambicioso y bien planificado, que nos permita desempeñar junto a los países de nuestra huella cultural común un papel protagonista en el Milenio Digital. Esto será así, siempre y cuando identifiquemos correctamente las acciones y estrategias prioritarias, valorando así el principal activo que hoy en día nos asiste y no es otro que el ingente Capital Intelectual de nuestros pueblos.
Sin el ánimo de ser exhaustivos ni sistemáticos, me gustaría ofrecer algunas cifras que se refieren al impacto de las industrias culturales en el producto interior bruto
Estos datos permiten avanzar una hipótesis de trabajo en una dirección bien definida: las industrias de la cultura en España son un activo importante. Es más son más bien un sector estratégico que hay que potenciar sabiendo que su rentabilidad –no sólo económica, sino también social y cultural- puede producir resultados espectaculares.
Por ejemplo, según la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE)[5], la contribución de la Industria de la Cultura y el Ocio al Producto Interior Bruto suponen en España el 4,5 –unos nueve billones de pesetas- (la cuarta más importante, unos 54.100 millones de euros), lo que representa un porcentaje similar a lo que ocurre en otros países como EE.UU. (4,3%), Reino Unido o Alemania. Es, por tanto, el cuarto sector más importante de la economía española y cuenta con casi 760.000 trabajadores (en Estados Unidos siete millones de empleos) distribuidos en 92.600 empresas. Las exportaciones fueron de 800.000 millones de pesetas en el año 1997. (primeras empresas exportadoras en EE UU).
Probablemente la industria editorial sea la más poderosa, con sus 60.000 títulos anuales, que la convierten en la tercera de la Unión Europea y la quinta del mundo. Según la Federación Española de Cámaras del Libro, en 1998 el sector editorial español exportó por valor de 74.000 millones de pesetas, lo que quiere decir que aportó 53.000 millones de pesetas a la balanza comercial española, un 6,3 por ciento más que el año anterior.
También con datos de la SGAE, España fue en 1998 el quinto país exportador mundial de discos, tras EE.UU., Reino Unido, Alemania y Francia, y el único de ellos, con el Reino Unido, que presentó un saldo positivo en su balanza exterior sectorial. La música española aportó 1.500 millones a la balanza comercial, lo que supuso un espectacular aumento del 440 por ciento.
También el cine español ha mostrado en los últimos años una extraordinaria vitalidad. En 1998 se proyectaron 334 títulos españoles en 122 televisiones de todo el mundo. A la cabeza se situó EE.UU. (con 170 títulos), seguido por Alemania (98), Italia (88) y México (75). Por su parte, el teatro recaudó en 1998 en España 15.000 millones de pesetas.
Incluso un apartado en apariencia modesto como el de las revistas culturales maneja un volumen de negocio de 6.500 millones de pesetas anuales, y las aproximadamente 450 cabeceras tienen una difusión de 10 millones de ejemplares y más de 2 millones de lectores.
La SGAE facturó 35.835 millones de pesetas en concepto de derechos de autor en 1999, casi un 9 por ciento más que el año anterior. Los derechos recaudados en el exterior subieron casi el 21 por ciento.
Sin embargo, el diagnóstico sobre la nueva realidad española también tiene sus sombras. Por un lado, tal y como demuestran los resultados del Informe SGAE sobre hábitos de consumo cultural[6], las prácticas culturales –con la única excepción de la televisión- no han llegado a la mayor parte de la población española.
Como datos significativos, debe comentarse que el 51% de los españoles declara no leer nunca; que el 61 por ciento no acude nunca a las salas de cine, y el 75,4 por ciento no asiste nunca a una representación teatral. Estos datos negativos se acentúan cuanto menor es la edad de los entrevistados. Esta realidad, como parece obvio a primera vista, supone un futuro incierto. Este futuro, sin embargo, puede ser positivo, siempre y cuando se tomen las medidas adecuadas para el desarrollo de la oferta y para la difusión de la cultura entre todos los ciudadanos de España, momento en el cual la Industria de la Cultura y el Ocio alcanzaría su plena potencialidad.
Por otro lado, las inversiones necesarias en España para desarrollar una industria de liderazgo cultural y mediático de carácter internacional deberían destinarse, casi en su totalidad, a infraestructura.
Aquí entran en juego la iniciativa pública y la privada, de mutuo acuerdo, en busca de una sinergia que nos permita subsanar el déficit estructural empresarial y partir en el pelotón de cabeza en la carrera hacia el Milenio Digital, desarrollando nuestro propio concepto de Sociedad de la Información y rentabilizando nuestro Capital Intelectual.
Además, la proyección natural de España hacia Hispanoamérica y nuestra condición de puerta de Europa, situá a España en una encrucijada de intereses a medio y largo plazo que cada día adquieren más importancia. España debe desempeñar un papel de cooperación, de integración, de puesta en contacto de unos mercados con otros. Es precisamente en el sector de la cultura y el ocio donde estas relaciones en plano de igualdad cobran su mayor sentido, ya que son manifestaciones de una raíz común que contribuyen al enriquecimiento cultural mutuo y que, juntas, deben conquistar espectadores en terceras áreas: Europa, Estados Unidos y Japón como mercados prioritarios.
Hay, por otra parte, un elemento añadido: se trata del valor intrínseco del español, como lengua común, como Capital Intelectual de casi cuatrocientos millones de hablantes, con unas perspectivas de crecimiento continuo en Brasil y en los Estados Unidos de América.
Junto a todo esto, se produce una explosión de la cosa latina en la música, en el cine, en la literatura, en las artes plásticas y, en general, en los medios de comunicación, que permite aventurar que la cultura latina abandona los espacios marginales, donde hasta ahora se desenvolvía más o menos bien, y se dirige a la primera línea de atención donde están los grandes movimientos de liderazgo cultural y económico, es decir, donde está el protagonismo.
Para concluir, me gustaría recoger las palabras del profesor José Ramón Lasúen, uno de los más destacados economistas españoles, durante la presentación del estudio sobre la participación de la Industria de la Cultura y del Ocio en el PIB español: «Todo el mundo ha aceptado que estamos en una etapa postindustrial, pero aún queda por definir cuál será el núcleo fundamental de la economía. Yo he llegado a la conclusión de que será la creación y sus derivados. No se trata de la microelectrónica, sino del mundo del mundo de la creación de nuevas emociones y sensaciones.
¿Por qué nuestar nuestra cultura, nuestra industria del ocio no está donde debería estar?
Porque nunca ha existido una estrategia orientada a desarrollar este activo, ya demostrado como fundamental, tan básico dentro de la economía general. El tradicionalismo más miope ha presidido hasta ahora la manera de actuar de nuestros dirigentes, que, a las puertas del siglo XXI, siguen viendo a Almodóvar, Rodrigo, Barceló, Moneo, García Márquez y tantísimos otros como meros adornos programáticos. Observamos a nuestros dirigentes entregarse con denodado arrojo a tremendas batallas europeístas en pro de nuestra agricultura, nuestras elécticas o nuestra siderurgia; pero ¿cuándo fue la última vez que se embarcaron en alguna cruzada internacional para mejorar las condición de nuestras exportaciones discográficas, editoriales, cinematográficas, televisivas, etc? Sería difícil recordarlo. Pero, sin embargo, estoy convencido que no lo hacen de mala fe, sino que, simplemente, no ven la necesidad de asumir riesgos por una tarea que consideran suficientemente cumplida con mencionar de vez en cuando a Cervantes, Calderón o la catedral de Burgos.
Es preciso e inapazable entender de una vez por todas que el compromiso de los gobernantes con esta clase de industrias ni puede seguir siendo meramente testimonial, sino que, dado su grado de importancia en el tejido económico mundial, o se apuesta claramente por ellas –y claramente significa ponerlas a la cabeza de la lista de prioridades inversoras y legislar, en consecuencia- o se perderá una espléndida oportunidad. Si esto sucediera, resultará banal y tardío seguir hablando de la importancia de las nuevas tecnologías, de la necesaria modernización general del país, etc, porque, en el fondo no se habrá comprendido un hecho fundamental y básico, como es el que entramos en una etapa donde las infraestructuras requieren contenidos y que si, por las razones que fueren, no hemos sido capaces desde este país de contar con las plataformas tecnológicas necesarias para competir con el resto de nuestro entorno, al menos no perdamos la nueva oportunidad que nos brinda el mercado emergente de los contenidos, ya que, si también dejamos pasar esta última oportunidad, seguramente no tendremos una tercera ocasión para enmendar los errores anteriores.
[1] BROOKING, Annie, Intellectual Capital, core asset for the Third Millenium, Thomson Learning Europe, 1996.
[2] BAUTISTA GARCÍA, Eduardo, «El Capital Intelectual. La ventaja comparativa de España», Anuario 2001Instituto Cervantes (en prensa).
[3] Las industrias culturales se pueden definir como “Un conjunto de ramas, segmentos y actividades auxiliares productoras y distribuidoras de bienes y servicios con contenidos simbólicos, concebidas por un trabajo creativo, organizadas por un capital que se valoriza y destinadas finalmente a los mercados de consumo con una función de reproducción ideológica y social. (Bustamante y Zallo, Las industrias culturales en España. Akal/Comunicación, Barcelona.
[4] GAVIRIA, Mario, La séptima potencia, Barcelona, Barcelona Ediciones B, 1996. (séptima potencia en PIB). En el libro se analizan una serie de parámetros que sirven para situar la posición de nuestro país en el mundo (paro, crisis, inversión, competitividad, futuro) y la conclusión sería que España ocupa un puesto entre el 7 y el 9.
[5] GARCÍA GRACIA, Mª Isabel y otros, La industria de la cultura y el ocio en España (1993-1997), Madrid, Fundación Autor, 2000.
[6] Informe SGAE sobre hábitos de consumo cultural, Madrid, Fundación Autor 2000. http://www.arenotech.org