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La comunicación en la sociedad del conocimiento

La comunication dans la société de la connaissance

Contaminación Informativa
Prof. Ana Panzeri

Al Gore desarrolla la idea de que a partir de una de las características distinti-vas del ser humano, que es su capacidad de utilizar información para repre-sentar simbólicamente el mundo que le rodea, y del hecho de la posibilidad de manipular información sobre el mundo o compartirla con nuestros semejantes, estamos aprendiendo a manipular el mundo.

A lo largo de la historia hemos acentuado nuestra dependencia de la informa-ción; se trata de una dependencia poco cuestionada, ya que en raras ocasio-nes nos planteamos el impacto negativo de la información.

Durante la mayor parte de la historia la cultura ha sido representada como un flujo de incesante información especialmente acerca del mundo y de la manera de relacionarnos con el mismo, de la manera más productiva. Se dice que para poder recibir este flujo de información, recordarlo y utilizarlo las sucesivas ge-neraciones debieron reconfigurar su mentalidad. Pero la atención requerida por ese trabajo mental trajo como resultado la distracción del contexto mismo en que tenía lugar la comunicación. “En las culturas antiguas el cúmulo de in-formación útil aparecía indefectiblemente inmerso en un discurso general so-bre la vida que se transmitía de generación en generación.

El contexto social, cultural y ecológico en el que se adquiría y empleaba la in-formación seguía vivo en la mente de quienes la manejaban.” 1 Señala Al Gore que una de las cosas que empezamos a ignorar a lo largo del proceso de la utilización de la información es el hecho de que las nuevas tecnologías nos cambian y cambian el contexto de nuestras vidas. Cuanta más información consumimos, mayor es el dominio mental que ejerce sobre nosotros la infor-mación, como representación del mundo, en contraposición a la experiencia directa del mismo. Y cuanto más nos acostumbramos a relacionarnos de forma indirecta con el mundo, mayor necesidad de la información sentimos, y ello nos lleva a inventar nuevas maneras de satisfacerla. La información se desvin-cula del contexto que le da sentido.
Nota1 Gore, Al;. En: La tierra en juego. Ecología y conciencia humana, Segunda Edición, Buenos Aires, Editorial Emecé, 1993. Capítulo 11, Somos lo que utilizamos, pg. 183.

El método científico generó un aumento de la información adquirida, pero también agigantó ese desvinculación entre información y su contexto. El mé-todo científico permitió investigar los fenómenos naturales y estimuló la idea de fraccionarlos en pequeñas partes informativas. Además, mediante el méto-do científico cada una de esas partes puede ser explicada, reproducida y ma-nipulada.

Nuestro poder de manipulación de la naturaleza creció de forma proporcional al aumento de la información disponible. La relación con el conocimiento se orienta a la idea de que todo problema puede ser resuelto por el método cien-tífico. La confianza depositada en él crece y se considera a los científicos y a los inventores como verdaderos héroes. El conocimiento científico produce admiración y el correlato de esto es la soberbia de los científicos que no ven este proceso de endiosamiento.

Analiza Al Gore la producción acelerada de información, que comenzó con la era industrial y se intensificó con la era de la información, ya que se produce el hecho que dicha información comenzó a sobrepasar en exceso la posibilidad de ser utilizada. Esta situación es crítica, dado que “nos inunda la información [...] y en lugar de buscar la manera de comprender y asimilar la información que ya disponemos preferimos seguir aumentando su volumen a un ritmo ver-tiginoso” 2.

La crisis que padece nuestra relación con la información se asemeja a nuestra drástica relación con el medio ambiente. Del mismo modo que automatizamos el proceso de conversión de oxígeno en anhídrido carbónico (CO2) por medio de la invención de la máquina de vapor o el automóvil, sin tener en cuenta la limitada capacidad planetaria de absorber el CO2, hemos automatizado me-diante invenciones como la imprenta o la computadora el proceso de creación de datos sin pensar que nuestra capacidad de asimilar nuevos conocimientos es limitada.

Al Gore propone generar un nuevo concepto y es el de exformación. Entiende por el mismo a la información que no está almacenada en ningún ser vivo. Se le puede cambiar el nombre o no, lo importante es que este proceso crece de manera preocupante. El exceso de información no utilizada se está convirtien-do en una especie de contaminación. No debe sorprendernos que esta super-abundancia informativa coincida con una crisis en la educación. La educación es una suerte de reciclaje del saber; no obstante, parece resultarnos más fácil generar nuevos datos que conservar y emplear los conocimientos que ya te-níamos.

Nota 2 Gore, Al;. En: La tierra en juego. Ecología y conciencia humana, Segunda Edición, Buenos Aires, Editorial Emecé, 1993. Capítulo 11, Somos lo que utilizamos, pg. 185, 186.

“Esta producción desorbitada y sin precedentes de nuevos datos empieza a obstaculizar el proceso que convierte la información en conocimiento. En cir-cunstancias normales, se trata de un proceso muy similar al de la fermenta-ción: la información es destilada en forma de conocimiento y éste, a su vez, aunque no siempre, fermenta hasta convertirse en sabiduría. Pero hoy en día es tal el alud informativo que este lento proceso, totalmente desbordado, se ve incapaz de asimilarlo.” 3

Relacionando educación, cultura y tecnología, Al Gore incorpora los conceptos de “primera y segunda tecnologías informativas”, refiriéndose al lenguaje hablado y al lenguaje escrito respectivamente. No hemos prestado tanta aten-ción al hecho de que el modo de transmitir la información nos modifica a me-dida que lo utilizamos. La tecnología de la información no hace más que me-diar entre nosotros y el objeto descrito; en el proceso de plasmar mediante una representación simbólica el significado de un fenómeno real, dejamos fue-ra algunos elementos y distorsionamos el valor de otros.

Todas las tecnologías de la información, desde los signos tallados en piedra hasta la televisión satelital, ampliaron nuestra capacidad de comprender el mundo que nos rodea. Generalmente, nos adaptamos de tal modo a la tecno-logía de la información empleada que nos olvidamos por completo de sus efec-tos distorsionantes. Las palabras habladas son indicadores de la experiencia. A menudo nuestra experiencia personal se identifica más con las palabras que expresan el sentido que con el sentido propiamente dicho.

La reproducción de imágenes tiene el mismo efecto de indicador. En un ensayo Walter Benjamín describe cómo la reproducción tecnológica de una obra de ar-te la despoja de su aura natural. Cualquiera que haya visto una reproducción fotográfica de obras, como la Gioconda o del Desayuno en la hierba, se daría cuenta de que por más fiel al original que sea, la reproducción ha perdido su impacto. Y si vemos esa misma reproducción varias veces, cada vez, iría dis-minuyendo aún más el impacto residual de la experiencia que ésta pretende reproducir.

Siempre que utilizamos una tecnología acumulamos cierto poder y perdemos algo en el proceso. Algo similar ha ocurrido a nuestra relación con la naturale-za. A medida que vamos dejando nuestra relación con el mundo natural en manos de la tecnología nos encontramos con creciente frecuencia frente al mismo tipo de apuesta con la casualidad: poseemos una mayor capacidad pa-ra procesar los elementos naturales que necesitamos y para repartir el produc-to entre un número creciente de personas, pero empieza a desaparecer el res-peto y el temor reverencial que caracterizaban nuestra relación con la naturaleza.

Nota 3 Gore, Al;. En: La tierra en juego. Ecología y conciencia humana, Segunda Edición, Buenos Aires, Editorial Emecé, 1993. Capítulo 11, Somos lo que utilizamos, pg. 187.

Ésta es una de las principales razones que implican la amplísima difusión del concepto de naturaleza como simple suma de recursos; en efecto, para algu-nas personas se trata de un gigantesco banco de datos que puede ser manipu-lado a voluntad. Pero el coste de esta concepción de la naturaleza es muy alto y gran parte del éxito de nuestros esfuerzos por salvaguardar el ecosistema dependerá de que sepamos inspirar un nuevo respeto por el medio ambiente como un todo indivisible.

La crisis medioambiental es un ejemplo que viene al caso: muchos se niegan a tomársela en serio porque confían en la capacidad del ser humano para hacer frente a cualquier amenaza; basta con definirla, acumular montañas de infor-mación, fraccionarla en una infinidad de partículas manipulables para, final-mente, resolverla.

El volumen de información sobre la crisis es hoy tan apabullante que las técni-cas convencionales para resolver problemas no sirven en absoluto. A pesar de la llamada crisis de la información, lo que hoy necesitamos es un enfoque jef-fersoniano del tema medioambiental. Jefferson quería un enfoque universal de la totalidad del saber.

Actualmente, el mundo parece haber llegado a una encrucijada, los pueblos de to-do el planeta empiezan a ser conscientes de que forman parte de una civilización global unida por intereses y preocupaciones comunes. De éstos, uno de los más importantes es la protección del medio ambiente. Debemos impedir que nos inunde el torrente informativo; así mismo, debemos rechazar la idea de que el mundo na-tural es un mero banco de recursos e información codificada.

Evidentemente, el impacto de la tecnología no se limita tan solo a nuestros sistemas de tratamiento de la información. Hemos ampliado nuestros sentidos y multiplicado nuestras posibilidades de incidir en el entorno mediante un des-pliegue incesante de nuevas herramientas, técnicas y procedimientos.

La ciencia y tecnología nos han proporcionado miles de herramientas nuevas con las que multiplicar las posibilidades de explotar la tierra para satisfacer nuestras necesidades; pero también nuestros caprichos. Ninguna de estas tecnologías tiene, por sí sola, la envergadura del armamento nuclear; no obs-tante, sumadas unas a otras, su impacto sobre los sistemas naturales del pla-neta hace que las consecuencias de la explotación ilimitada resulten tan im-prescindibles como las de un conflicto nuclear.

Por otra parte, hemos caído en una suerte de soberbia tecnológica que nos impulsa a creer que nuestros nuevos poderes pueden ser ilimitados. Nos atre-vemos a suponer que encontraremos soluciones tecnológicas a cualquier pro-blema que la propia tecnología pueda ganar.

Con frecuencia nuestra fascinación por la tecnología sustituye lo que antes era fascinación por la naturaleza. Ignoramos el efecto de nuestra alquimia tecno-lógica en los procesos naturales.

En ocasiones, el paso de una tecnología a otra, aun cuando se utilicen ambas con el mismo propósito, puede alterar profundamente la relación entre los di-ferentes elementos de un sistema. Además, las nuevas generaciones tecnoló-gicas se suceden hoy en día a tal velocidad que el salto de una a otra resulta a veces desconcertante y brusco. Como es obvio, suele tener repercusiones en nuestra relación con el entorno.

Nuestra sociedad ha permitido que la ciudad se convierta en un basurero satu-rado de delincuencia, drogadicción, pobreza, ignorancia y desesperación. También en este caso se produjo un salto, pero no de tecnología sino de eras. La era industrial había favorecido la aglomeración de fábricas y viviendas junto a los puertos, donde enormes cantidades de carbón y materias primas se da-ban la mano con grandes masas de trabajadores.

En ocasiones, lo que cambia no es la tecnología sino el marco en que se la aplica. El estudio del efecto transformador de la ciencia y la tecnología sobre nuestra relación con el mundo natural se beneficia, sin duda, de una redefini-ción del término “tecnología”. Además de herramientas y aparatos, debería-mos incluir aquellos sistemas y métodos de organización que incrementan nuestra capacidad de imponer nuestros designios en el entorno. Cualquier conjunto de procesos que conformen un nuevo modo de incrementar nuestro poder o de facilitar la realización de cualquier tarea debe considerarse asimis-mo como una tecnología. Incluso los grandes patrones de pensamiento, como la economía de mercado o la democracia, se ajustan a la definición; son, a su modo, maquinarias diseñadas para producir ciertos resultados y, como los demás aparatos, a veces tienen consecuencias imprevisibles.

También el cuerpo humano sería una especie de tecnología. Nuestra forma de plantearnos el medio ambiente se basa en nuestra percepción de las cosas a través de los cinco sentidos. Ellos nos conectan con la Tierra, a su vez, limitan nuestra experiencia al codificarla en patrones que reflejan tan solo el tipo de información que pueden recibir y procesar. Los CFC, las sustancias químicas que destruyen la capa de ozono son, por ejemplo, inodoros, incoloros e insípi-dos. Por lo tanto, en lo que a nuestros sentidos se refiere, no existen.

Parte de nuestra reticencia a dar respuestas a la crisis ecológica radica en que sus síntomas no han empezado a disparar alarmas que sean perceptibles para nuestros sentidos. Así pues, nuestros cuerpos y mentes son tecnologías poco perfeccionadas. Y lo que complica aún más las cosas es el papel que juega la identidad sexual en nuestra percepción del mundo.

La civilización occidental ha desarrollado un mundo fundamentalmente mascu-lino de relación con el mundo y se ha organizado en torno a estructuras filosó-ficas que invalidan los patrones vitales de carácter femenino.

Paralelamente, hemos descuidado la posibilidad de reducir índices de mortali-dad infantil escandalosos. Nuestra experiencia de la vida está determinada por otro aspecto de nuestro cuerpo, tan obvio que apenas lo notamos. Todos compartimos una arquitectura corporal más o menos idéntica, con dos mitades prácticamente iguales a ambos lados de un plano que lo secciona como si fue-ra un espejo. Esta característica de nuestro cuerpo es llamada simetría bilate-ral y marca profundamente nuestra percepción del mundo.

Aunque la cuestión de la simetría bilateral puede parecer algo confusa, a nuestro entender ilustra la forma más peligrosa de distorsión tecnológica que ha experimentado nuestra relación con la Tierra, puesto que la tecnología mo-derna ha incrementado enormemente nuestra capacidad para manipular la na-turaleza sin que ello se corresponda con un aumento en la capacidad de pro-tegerla.

Al dar mayor importancia a algunos sentidos que a otros, al potenciar unas capacidades y relegar otras y al otorgar más valor a determinados potenciales, las tecnologías pueden muy bien alterar nuestra percepción, experiencia y consiguiente relación con el mundo. Da la sensación de que estamos más dis-puestos a escuchar proyectos descabellados como éstos que a plantearnos la tarea, aparentemente más ardua, de revisar la sensatez de anteriores manipu-laciones que no parecen tener una relación demasiado sana con su contexto porque amenazan con destruirlo. En su sentido más profundo, el medioam-bientalismo comprometido con la ecología del planeta surge con fuerza de la parte más sensata de nuestro ser, la que sabe asegurar, proteger y conservar aquellas cosas que nos importan antes de manipularlas y quizá de alterarlas de manera irreversible.